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vía láctea

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Con el olor que nos dejaba en el cuerpo los baños en la poza volvíamos a casa, abrasándonos los hombros de verano. El Sol lo pintaba todo de un color violáceo al atardecer, y nosotros dos, como cada septiembre, caminábamos con el cansancio de no hacer nada en las piernas, arrastrando una toalla aún mojada pero llena de bichos trapecistas y con el mismo polvo que se repetía, año tras año, en las sandalias. Sin cerraduras entrábamos a la cocina atravesando una tortilla de patatas aún caliente, abríamos una nevera que olía eternamente a melón y rellenábamos un vaso de leche grasienta un par de veces, para beberlo sin respirar, ansiosos, primero el uno y luego el otro.

El fin del verano sonaba a vencejos y a chicharras, al flap-flap de las chanclas, a anuncios de la inesperada vuelta al cole, a un “hasta el año que viene”. Y entonces el mundo se detenía, el olor de las manos de gasolina de mi padre se mezclaba con el olor de las manos de nivea de mi madre, llenábamos el maletero de ropa de verano que quedaba en ese momento anticuada y atravesábamos el túnel de Guadarrama para regresar a una ciudad sin pozas, sin vencejos ni chicharras. En Madrid la leche sabe diferente.

No recuerdo cuando la conocí porque siempre estuvo allí, como yo, extranjera entre hordas de niños embrutecidos por el viento y el frío del Bierzo, que hacían de aquel pueblo de montaña su implacable fortín, repudiando con miradas eternas, con agua salpicada desde una poza de cristales, con insultos o pedradas a los que nos plantábamos allí para disfrutar de su verano sin haber pagado el impuesto de los días de nieve y penurias. Ese victimismo al que nos forzaban nuestros padres nos hizo refugiarnos el uno en el otro, incapaces de protegernos a nosotros mismos, pero muy capaces de soportar patadas y empujones, arañazos y tirones de pelo, por proteger al otro. Pero esa soledad a la que nos empujaban la rescatábamos para dotar de misterio a cada paso.

Así podíamos explorar el valle en solitario, sin guías autóctonos que conociesen cada piedra del camino. Volvíamos a casa a por nocilla y pan con las uñas sucias y las rodillas rotas en algún mal salto, con la única preocupación de coger la toalla y salir corriendo a bañarnos antes de que se hiciese de noche. Y luego ella me hablaba de estrellas, porque en Barcelona no se veían tantas estrellas, y aprendí algunas constelaciones mirando arriba.

Pero un día miré abajo, y a aquella que ya no era niña, resultó que le estaban saliendo piernas.

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Los violentos del fútbol.

Hay cosas que son increíbles. Como sabéis hoy es la final del campeonato de clubs de fútbol más importante del mundo, la Champions League, y se juega muy cerca de mi casa. En el metro me ha pasado una cosa curiosa. Era uno de esos nuevos trenes que conecta el aeropuerto con la castellana de un único vagón. Yo ya me imaginaba que me encontraría con futboleros italianos y alemanes. Eran un grupo de muchachos italianos, alegres por el Sol y seguramente por más de una cerveza. Los alemanes eran una familia, o eso parecía, compuesta por un matrimonio que rondaba la cincuentena y una muchacha alta y pelirroja. Al principio la cosa estaba siendo divertida, pero sólo al principio. Los italianos, envalentonados por el anonimato de la ciudad ajena y las cervezas han empezado a cantar en el convoy. Los tres alemanes soportaban estoicamente la tormenta de gritos con sonrisas. ¡Qué pena no saber alemán para haber apoyado a los que estaban en inferioridad! La cosa parecía que iba a ser amable cuando los italianos me han pedido que les hiciese una foto, y luego otra mezclados con los alemanes. Pero la cosa ha cambiado cuando querían hacerse una foto con la alemana, dejando fuera de la foto a los viejos. Aprovechando la confusión, mientras la pelirroja me miraba a través del objetivo, alguno de los morenos milanistas le ha tocado el culo. Ella ha dado un respingo. Su padre, que se ha percatado de la situación se ha levantado furioso.

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flores noctámbulas

Me costó años reponerme del trágico acontecimiento que sucedió aquella noche. Siempre fui un tipo sistemático, ordenado, fascinado por la tranquilidad y la seguridad que aporta la rutina. Así que como cada noche de lunes a jueves desde hacía seis años, a excepción de los periodos de vacaciones y cuando alguna enfermedad me lo impuso, encendí la radio cuando quedaban pocos minutos para las tres de la madrugada.

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una de munipas

Esta mañana iba tan sonriente por la calle que a una pareja de municipales les ha parecido tan extraño que me han parado para pedirme la documentación. Creo que lo peor no es eso, sino que cuando me ven llorando se sonrien.

de como se muere un poeta

Ayer vi a un tipo vestido como un superhéroe por la calle, con ropa de plástico amarilla y con capucha, caminando empapado bajo el chaparrón que estaba cayendo.

– Perdona, ¿tú eres el tío que va llamando a todos los telefonillos, no? – Le dije.
– Sí, ¿qué pasa? – El hombre parecía malhumorado ya desde por la mañana. Yo desde que leí “El cartero” de Bukowski supe que esa no era una profesión para mi, y menos los días de lluvia.
– A ti te dejan entrar en todos los portales, no?

Así que le contraté de sicario. Y él sin saberlo.
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caricias de escalón

Verás, me he hartado de tu jueguecito. De tu siempre hacer como si nada, de tu pasividad. De que te lluevan encima, de que te utilicen. De que se lleven a tus parientes, los golpeen y no hagas nada. ¿Y ahora qué? Ahora son la fachada del nuevo ayuntamiento y tú sigues ahí, como siempre, tirada en el suelo, impasible. Y yo ya no sé que hacer para que me digas un “te quiero”, para que me acaricies, para que me propongas una salida por la montaña. ¡Si alguna vez me dijeses simplemente una palabra cariñosa! Ahora se hacen patentes los augurios de mis amigas que me decían que te veían poco comunicativa… Pero siempre te estuve esperando, y en mis más profundos deseos siempre pensé que cambiarías, que bajo esa capa rocosa que todos vemos se escondía una timidez entrañable. Pero me equivoqué. Lo nuestro se ha terminado. Para siempre.

¿Así que estabas esperando mis caricias? No lo parecía. Parecías más bien distraída sintiendo que eras útil al edificio, sin diferenciar si te dejabas usar por el fontanero del bajo izquierda o por el ejecutivo del cuarto derecha. Que sepas que ellos siempre te trataron como un objeto, cosa que nunca me podrás reprochar a mi. Te soñé en las noches de invierno, cubierta por la nieve, y en las de verano, arropada por el musgo de la cara norte, mientras buscaba en Tauro la pequeña Aldebarán. Al final me has tratado como el resto, como una piedra en el camino, como un guijarro humilde en el zapato, como un estorbo.

Pero una escalera ajetreada como tú, manoseada como tú, pisada con mil huellas como tú… Necesita productos de limpieza y cuidados, como tú. Ya nunca me susurrarás al oído la de León Felipe, como tú.

Me quedo como siempre, sí, pero en las montañas, a la intemperie, sin olor a amoniaco ni gente que me pisotee con cigarros acabados. Eres una urbanita que necesita gente, porque sin ellos no eres nada. En cambio mi sitio está aquí, sin objetivo aparente, sin sentido nítido. Cuando ya no seas útil te derribarán, porque dotarle de sentido a las cosas es ponerles fecha de caducidad, hacerlas temporales, mortales.

Y yo me pido la eternidad.