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¡Mudanza!

¿Por qué no pruebas a visitar http://www.pensamientoscontralainercia.com?

A partir de ahora nos vemos por allí.

[en obras]

¡Nos mudamos!

Pronto se reinaugurará el chiringuito… Habrá sandwiches de nocilla y philadelphia, pesi-cola, gusanitos naranjas…

Contaminación

En Madrid no hace falta que sea un día nublado para ver el cielo gris. Uno ya se habitúa al olor, y al color, de los motores. Y cuando sale fuera se queja del nauseabundo olor de las algas en las pequeñas calas del cantábrico, o llama ruido al canto de las chicharras. Porque salir fuera es irse de Madrid. Ser de Madrid es ser de dentro. Yo soy de aquí. Aquí es Madrid. Ni los dichos de los de Bilbao son tan egocentristas como las realidades de los de Madrid. 

Acostumbrados a que el noticiario hable de la vecina del quinto, del barrio de al lado, del faraón que reside a unos pocos kilómetros. Si lo más importante ocurre en esta ciudad por algo será. "Porque están todas las empresas" me dijo uno, "pues por algo será", le volví a contestar.

El caso es que todo, la entera realidad, incluída la metafísica, ocurre bajo la misma capa de humo que nos une, que nos marca como a otros los marca el acento o la forma de la cara. Aquí poco importa el fenotipo o la dicción. Nos une algo que no está al alcance de unos pocos, sino que sólo pueden conseguir, con empeño diario, unos cuantos millones de habitantes. Habitantes que habitan, que habitúan y que son habitados.

Si de algo ha de estar orgullosa la ciudad de Madrid, personificando la ciudad en plan político interesado, es de su eterna polución. Una ciudadanía entregada a la polución. Este es el verdadero patriotismo.

Poluição e progresso. No te jode.

Invitación animal

En el "buho" meten mano los necesitados, acobardados, futuros arrepentidos.
Caricia desesperada de jadeos alcoholizados antes del amanecer.

Ecos de fantasía, esperanza primaria, última opción para un orgasmo compartido.

El próximo invierno.

La época de exámenes es esa época en la que ves como aquello que más te llena en la vida se abalanza sobre ti como un alud de nieve en el invierno más gélido. Ves pasarte la avalancha por encima y quitártelo todo. La comida, la ropa, la gente. Te da la vuelta y te deja boca abajo y tiritando. Y aguantas estoico porque esa sensación ya la conoces. Los copos de nieve son inofensivos en el uno contra uno. Cuando pare su ataque salvaje te sacudirás los pantalones, te afeitarás la barba y después de una confortable comida continuarás la ascensión.
Entonces te dirás, te mentirás seguramente otra vez, "para el próximo invierno vengo preparado".

Así no hay quien progrese.

En realidad trabajar no me disgusta. Lo que me incomoda es el ambiente aséptico, artificial, absurdo y falso que se respira en una oficina.
El aire acondicionado atera tus neuronas. La comodidad de una silla acolchada eclipsa la rutinaria naturaleza del metódico trabajo. Corbatas, zapatos negros, comida de restaurante. Así no hay quien progrese, Feyerabend.
Necesito escribir, levantarme, escuchar la canción que se me venga a la cabeza. Y andar descalzo.
Necesito poder fumar aunque no fume. Necesito poder beber aunque no beba.
Encender un cigarrillo que acabe consumido sin una calada y quejarme del olor insoportable que he provocado. Ponerme un trago de whisky y tirarlo una hora después aguado por los hielos.
Así no hay quien progrese, Feyerabend.

Subsuelo

Pensar que Madrid se acaba donde empieza la suela de tus zapatos es olvidarte de las entrañas de la ciudad. Porque en el la colonia dulzona que huele a primera cita se mezcla con el sudor cansado del último ladrillo. Y se cruzan miradas la puta y el cura. Y se abre de piernas el libro de la rubia de enfrente.

Allá abajo la ciudad cambia de banda sonora. Chillan los mecanismos y bufa la máquina al pasar por el túnel. Entrar a un vagón es apostar por el futuro presente. La suerte está echada. Una mujer ensortijada y un adolescente comparten un “ABC” que da igual de quien sea dueño. Crestas y gominas, rizos, calvos. Botas, manoletinas, stilettos y zapatillas de andar por casa. Gordos y gordas, altos y bajas. Mirones y miradas, sobones y sobadas.

“¿Te sobran cinco minutos para un café, moreno?”. Me falta tiempo y me sobran ganas.

Lo más crudo de Madrid está en sus entrañas.