Archivo de la categoría: literatura

el del quinto

!Anda que hacerme esto! Justo hoy, que venían los japoneses a ver los inventos. Que no me digas que no es un barrio bonito, pero es que hay cada uno… Yo de momento esta tarde tengo que ir al taller a que me digan cuando lo tienen listo. Sí, al principio pensaban que era cosa de asesinos. Vaya, por las manchas de sangre y tal… Uno trabajando y tres mirando, lo de siempre. Y luego que si la junta de la culata y los cambios de aceite, que si la factura la paga el seguro, que si tú por esto no te preocupes. ¡Ya coño, pero es que me están estafando en la cara! Bueno, a lo que iba, que si los japoneses dan el visto bueno nos compramos una plaza de garaje y nos olvidamos de problemas. Que todo el mundo tenemos problemas, eso está claro. Y el del quinto pues mira, con esa educación que le ha dado a sus hijas no me extraña. Pero vaya, que no tenía motivos. De todo se sale. Mírame a mí donde empecé y mírame ahora, a punto de venderle la moto a unos de Osaka que no se enteran de un pimiento. Pero claro, a mí mis padres me daban un bofetón cuando me lo ganaba. Y este, que era un comemierdas, se ahogaba en un charco de sangre. Muchas veces venía a pedirme herramientas ¿creía que me las habían regalado? ¡Que se las compre como hacemos todos joder! Es que hay cada uno… Así que ya te digo que no me extraña. Lo que más me jode es que mira, me ha jodido el coche y me ha hecho llegar tarde a la reunión. Y luego todo el mundo mirando y largando. Que si era un buen tipo que si esto que si lo otro. ¡Pero si muchos ni le conocían! Pero ya se sabe, a la gente le preguntan y se les va la fuerza por la boca. Y más cuando alguien la palma. Pero vamos, al entierro va a ir su prima la del pueblo porque yo no pienso, por mucho que fuese el presidente de la comunidad. Y si no, que hubiese hecho las cosas como Dios manda, que tirarse por la ventana es muy fácil y muy bonito, llamando la atención de todo el barrio. ¡Haberte tomado unas pastillas en la bañera y nos dejas a los demás tranquilos! Ya verás, con lo difícil que salen las manchas de sangre de la tapicería…

Anuncios

vía láctea

****1****

Con el olor que nos dejaba en el cuerpo los baños en la poza volvíamos a casa, abrasándonos los hombros de verano. El Sol lo pintaba todo de un color violáceo al atardecer, y nosotros dos, como cada septiembre, caminábamos con el cansancio de no hacer nada en las piernas, arrastrando una toalla aún mojada pero llena de bichos trapecistas y con el mismo polvo que se repetía, año tras año, en las sandalias. Sin cerraduras entrábamos a la cocina atravesando una tortilla de patatas aún caliente, abríamos una nevera que olía eternamente a melón y rellenábamos un vaso de leche grasienta un par de veces, para beberlo sin respirar, ansiosos, primero el uno y luego el otro.

El fin del verano sonaba a vencejos y a chicharras, al flap-flap de las chanclas, a anuncios de la inesperada vuelta al cole, a un “hasta el año que viene”. Y entonces el mundo se detenía, el olor de las manos de gasolina de mi padre se mezclaba con el olor de las manos de nivea de mi madre, llenábamos el maletero de ropa de verano que quedaba en ese momento anticuada y atravesábamos el túnel de Guadarrama para regresar a una ciudad sin pozas, sin vencejos ni chicharras. En Madrid la leche sabe diferente.

No recuerdo cuando la conocí porque siempre estuvo allí, como yo, extranjera entre hordas de niños embrutecidos por el viento y el frío del Bierzo, que hacían de aquel pueblo de montaña su implacable fortín, repudiando con miradas eternas, con agua salpicada desde una poza de cristales, con insultos o pedradas a los que nos plantábamos allí para disfrutar de su verano sin haber pagado el impuesto de los días de nieve y penurias. Ese victimismo al que nos forzaban nuestros padres nos hizo refugiarnos el uno en el otro, incapaces de protegernos a nosotros mismos, pero muy capaces de soportar patadas y empujones, arañazos y tirones de pelo, por proteger al otro. Pero esa soledad a la que nos empujaban la rescatábamos para dotar de misterio a cada paso.

Así podíamos explorar el valle en solitario, sin guías autóctonos que conociesen cada piedra del camino. Volvíamos a casa a por nocilla y pan con las uñas sucias y las rodillas rotas en algún mal salto, con la única preocupación de coger la toalla y salir corriendo a bañarnos antes de que se hiciese de noche. Y luego ella me hablaba de estrellas, porque en Barcelona no se veían tantas estrellas, y aprendí algunas constelaciones mirando arriba.

Pero un día miré abajo, y a aquella que ya no era niña, resultó que le estaban saliendo piernas.

Sigue leyendo

Una chimenea en invierno

Los días de frío le dí más importancia a la escasa leña que a

la inflamable Biblia.
los inflamables best-seller.
los inflamables libros de texto.
los inflamables apuntes de la Universidad.

discotecas y/o microondas

Lo que no me puedes reprochar es que no haya perdido horas y horas de mi vida durante estos años cuidándote, limpiándote, cocinándote los mejores platos. Como cocinera tengo que decirte que los mejores platos tardan muchísimos minutos en prepararse. Pero vaya, parece que tú prefieres salir a cualquier discoteca a comerte una lasaña precocinada que se prepara en dos minutos. Luego no me vengas llorando, los platos precocinados dejan dolor de tripa.

Los violentos del fútbol.

Hay cosas que son increíbles. Como sabéis hoy es la final del campeonato de clubs de fútbol más importante del mundo, la Champions League, y se juega muy cerca de mi casa. En el metro me ha pasado una cosa curiosa. Era uno de esos nuevos trenes que conecta el aeropuerto con la castellana de un único vagón. Yo ya me imaginaba que me encontraría con futboleros italianos y alemanes. Eran un grupo de muchachos italianos, alegres por el Sol y seguramente por más de una cerveza. Los alemanes eran una familia, o eso parecía, compuesta por un matrimonio que rondaba la cincuentena y una muchacha alta y pelirroja. Al principio la cosa estaba siendo divertida, pero sólo al principio. Los italianos, envalentonados por el anonimato de la ciudad ajena y las cervezas han empezado a cantar en el convoy. Los tres alemanes soportaban estoicamente la tormenta de gritos con sonrisas. ¡Qué pena no saber alemán para haber apoyado a los que estaban en inferioridad! La cosa parecía que iba a ser amable cuando los italianos me han pedido que les hiciese una foto, y luego otra mezclados con los alemanes. Pero la cosa ha cambiado cuando querían hacerse una foto con la alemana, dejando fuera de la foto a los viejos. Aprovechando la confusión, mientras la pelirroja me miraba a través del objetivo, alguno de los morenos milanistas le ha tocado el culo. Ella ha dado un respingo. Su padre, que se ha percatado de la situación se ha levantado furioso.

Sigue leyendo

Los girasoles ciegos de Alberto Méndez

“Ahora sabemos que el capitán Alegría eligió su propia muerte a ciegas, sin mirar el rostro furibundo del futuro que aguarda a las vidas trazadas al contrario. Eligió entremorir sin pasiones ni aspavientos, sin levantar la voz más allá del momento en que cruzó el campo de batalla, con las manos levantadas lo necesario para no parecer implorante y, ante un enemigo incrédulo, gritar una y otra vez «¡Soy un rendido»…

Lo mejor que he leído en mucho tiempo. Cuatro cuentos engarzados de una finura espectacular sobre un tema tan manoseado como los dramas personales en la guerra civil. Pero no esperes encontrar una novela de buenos y malos. Los cuatro títulos son significativos:

PRIMERA DERROTA: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir.
SEGUNDA DERROTA: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido.
TERCERA DERROTA: 1941 o El idioma de los muertos.
CUARTA DERROTA: 1942 o Los girasoles ciegos.

Méndez nos presenta a un corazón que piensa, el manuscrito de un poeta al que se le escapa la vida en la huida, un muerto que habla en vida en la cárcel de los que van a ser fusilados y una familia que esconde sus deseos y sus miedos en una nueva sociedad que surgía como girasoles ciegos después de la guerra.

Me gusta especialmente el segundo cuento. Un diario brutal sin desperdicio que, además de ser una historia muy bien estructurada y sujeta desde algo tan difuso y frágil como una bitácora personal, tiene algunas perlas éticas y filosóficas muy agradables (Alberto Méndez se licenció en filosofía en la Universidad Complutense de Madrid). Pero no se trata de aforismos evangelizantes, sino de una estética tan abrumadora que deja unos posos de opinión que, desde un bando y otro, desvelan la suciedad que trae la guerra.

Porque las historias de ‘Los girasoles ciegos’ no hablan de bandos, de vencidos ni de vencedores, sino que rasga los uniformes para toparse con la piel, las entrañas y las secreciones de los individuos que están en la trinchera del 39, en el monte del 40, en la prisión del 41, en la infancia rota del 42…

En cuanto me dí cuenta de lo mucho que me estaba gustando me puse a buscar otras obras del autor. Pero no tuve éxito. Esta fue su primera novela publicada, ¡Nada más y nada menos que a la edad de 63 años!, muriendo once meses después de la publicación y sin dejar ninguna otra novela terminada.

Totalmente recomendable. Si no lo tienes, te lo presto.

drama

Estuve enamorado de ella cuatro horas al día, seis días por semana, durante cinco meses.

¡Y caía el telón! Fin de la obra, inicio de la ficción.