vía láctea

****1****

Con el olor que nos dejaba en el cuerpo los baños en la poza volvíamos a casa, abrasándonos los hombros de verano. El Sol lo pintaba todo de un color violáceo al atardecer, y nosotros dos, como cada septiembre, caminábamos con el cansancio de no hacer nada en las piernas, arrastrando una toalla aún mojada pero llena de bichos trapecistas y con el mismo polvo que se repetía, año tras año, en las sandalias. Sin cerraduras entrábamos a la cocina atravesando una tortilla de patatas aún caliente, abríamos una nevera que olía eternamente a melón y rellenábamos un vaso de leche grasienta un par de veces, para beberlo sin respirar, ansiosos, primero el uno y luego el otro.

El fin del verano sonaba a vencejos y a chicharras, al flap-flap de las chanclas, a anuncios de la inesperada vuelta al cole, a un “hasta el año que viene”. Y entonces el mundo se detenía, el olor de las manos de gasolina de mi padre se mezclaba con el olor de las manos de nivea de mi madre, llenábamos el maletero de ropa de verano que quedaba en ese momento anticuada y atravesábamos el túnel de Guadarrama para regresar a una ciudad sin pozas, sin vencejos ni chicharras. En Madrid la leche sabe diferente.

No recuerdo cuando la conocí porque siempre estuvo allí, como yo, extranjera entre hordas de niños embrutecidos por el viento y el frío del Bierzo, que hacían de aquel pueblo de montaña su implacable fortín, repudiando con miradas eternas, con agua salpicada desde una poza de cristales, con insultos o pedradas a los que nos plantábamos allí para disfrutar de su verano sin haber pagado el impuesto de los días de nieve y penurias. Ese victimismo al que nos forzaban nuestros padres nos hizo refugiarnos el uno en el otro, incapaces de protegernos a nosotros mismos, pero muy capaces de soportar patadas y empujones, arañazos y tirones de pelo, por proteger al otro. Pero esa soledad a la que nos empujaban la rescatábamos para dotar de misterio a cada paso.

Así podíamos explorar el valle en solitario, sin guías autóctonos que conociesen cada piedra del camino. Volvíamos a casa a por nocilla y pan con las uñas sucias y las rodillas rotas en algún mal salto, con la única preocupación de coger la toalla y salir corriendo a bañarnos antes de que se hiciese de noche. Y luego ella me hablaba de estrellas, porque en Barcelona no se veían tantas estrellas, y aprendí algunas constelaciones mirando arriba.

Pero un día miré abajo, y a aquella que ya no era niña, resultó que le estaban saliendo piernas.

*** 2 ***

Llevaba las suelas de los pies llenas de arena, los pies pintados de arañazos, las piernas sin pelos, un pequeño pantalón verde con lunares negros encima de un bikini invisible, negro y seco hacía ya horas.

-¿Qué haces?

-Nada.

-¿Vas a dejar de mirarme así?

Volví a mirar al cielo.

-¿Sabes por qué se llama vía láctea?

-No.

-¿Estás muy rarito hoy, eh?

-Es que mis padres dicen que este año no nos quedamos hasta el treinta.

-¿Y cuando te vuelves?

-Mañana.

Giró la cabeza y me miró a los ojos.

-Porque Hércules le chupó la teta tan fuerte a su madre que derramó la leche por el cielo.

Llevaba puesta una camiseta de algodón rosa que le tapaba un bikini invisible, negro y seco hacía ya horas, un collar de bolitas negras y rojas y una coleta en el pelo recogida con una goma rosa.

-Ya sé lo que te pasa.

-¿Qué me pasa?

-Que nunca has visto una teta.

-¿Y qué pasa si no las he visto?

Se levantó y tuve que salir tras ella porque la perdía. Me llevó a una pequeña hendidura que habíamos encontrado algún septiembre de hace muchos años, nuestro pequeño refugio contra las tormentas de verano y los niños salvajes, donde sólo cabía una persona, o dos si eran pequeñas o estaban muy pegadas. Desde allí, si nos estábamos muy quietos y muy abrazados, se podían ver águilas y buitres por el cielo, cabras y ratones por el suelo. Y desde allí, siempre habíamos conquistado el tiempo y el espacio a base de silencios que sólo nosotros comprendíamos.

Nos sonreímos sin decir ni una palabra. Miramos juntos las estrellas con la luz justa para vernos los ojos e intuirnos los cuerpos. Me agarró la mano, pero ya no era una mano de niña. Me arrastró la mano hasta su cuello, abrasado por el Sol, destapado de su pelo. Me besó los dedos. Me guió hasta deshacerse de su bikini y, por debajo de su algodón rosa, manoseé sus pechos.

-¿Te gustan?

-Pero no las veo.

-Ni las vas a ver.

Entonces me llamó Hércules. Y quiso que probase el sabor de una leche inexistente que brotaba de su cuerpo, aún caliente.

****3****

Volvimos a casa, arrastrando la toalla y las sandalias. Saludamos furtivamente a sus padres, como si pudiesen ver en nuestras caras el reflejo de las estrellas fugaces que habíamos visto. Dos vasos de leche servidos, consecutivamente, en un mismo vaso.

Primero bebí yo; ansioso. Rellenó entonces de nuevo el vaso y se lo llevó a la boca; levantando poco a poco su barbilla me fue descubriendo su cuello… Antes de dejar el vaso en la mesa, las últimas gotas de leche de aquel verano le desbordaron las comisuras de los labios.

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6 Respuestas a “vía láctea

  1. Espléndido relato. Hay momentos en los que me creí ver, aunque yo sea de mar y nunca me desplacé en verano, las vacaciones eran que se desplazaran los demás.
    Casi pude oler la Nivea y saborear la leche fresca mientras me sonría una tajada de melón.
    Salut

  2. Esto va de leche.

    Bonito relato.
    …el verano en el que me hice mayor…

    Por cierto, ” sin haber pagado el impuesto de los días de nieve y penurias”
    ¡Llamazares, cuánto daño nos han hecho tus duros,fríos,miserables, etc inviernos leoneses!

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