Los violentos del fútbol.

Hay cosas que son increíbles. Como sabéis hoy es la final del campeonato de clubs de fútbol más importante del mundo, la Champions League, y se juega muy cerca de mi casa. En el metro me ha pasado una cosa curiosa. Era uno de esos nuevos trenes que conecta el aeropuerto con la castellana de un único vagón. Yo ya me imaginaba que me encontraría con futboleros italianos y alemanes. Eran un grupo de muchachos italianos, alegres por el Sol y seguramente por más de una cerveza. Los alemanes eran una familia, o eso parecía, compuesta por un matrimonio que rondaba la cincuentena y una muchacha alta y pelirroja. Al principio la cosa estaba siendo divertida, pero sólo al principio. Los italianos, envalentonados por el anonimato de la ciudad ajena y las cervezas han empezado a cantar en el convoy. Los tres alemanes soportaban estoicamente la tormenta de gritos con sonrisas. ¡Qué pena no saber alemán para haber apoyado a los que estaban en inferioridad! La cosa parecía que iba a ser amable cuando los italianos me han pedido que les hiciese una foto, y luego otra mezclados con los alemanes. Pero la cosa ha cambiado cuando querían hacerse una foto con la alemana, dejando fuera de la foto a los viejos. Aprovechando la confusión, mientras la pelirroja me miraba a través del objetivo, alguno de los morenos milanistas le ha tocado el culo. Ella ha dado un respingo. Su padre, que se ha percatado de la situación se ha levantado furioso.

Le ha dicho cuatro cosas, muy bien dichas, en un alemán imponente. La chica no sabía donde meterse. Los italianos se reían. La mujer trataba de calmar los ánimos cuando han vuelto a tocar el culo de la muchacha. El resto del vagón mirando para otro lado y yo con la cámara en la mano, apuntando al suelo y con la boca abierta.

Uno de los chavales le ha quitado la bufanda roja y blanca al tipo, la ha tirado al suelo. Nunca se me ha hecho un trayecto entre estación y estación tan largo. La pelirroja tiraba de su padre hacia la otra punta del convoy y los seguratas estarían comiendo pipas al Sol. Menuda tensión. De repente el aleman le ha dado el bofetón más sonoro que he oido en mi vida. Luego un puñetazo del italiano, otra patada de otro italiano. El alemán en el suelo acurrucado tapándose la cabeza de los golpes  y las alemanas chillando. El resto del convoy acojonados y callados. Y yo de pie, gritando “eh eh” sin miedo y sin esperanza.

Cuando los bastardos se han calmado la chica se ha levantado y les ha increpado en un inglés impresionante una serie de improperios excelentes. Y a cambio ha recibido un puñetazo que la ha mandado contra una de las puertas del vagón. Se ha mirado los dedos tras pasarselos por los labios y se ha visto su propia sangre. Se ha enfurecido. Ha querido embestir al italiano pero antes de conseguirlo ha recibido una patada en las caderas que la ha puesto, a cuatro patas, en el suelo. Se han reido. Uno de ellos ha hecho un gesto obsceno. El  metro estaba frenando para entrar en la estación de Colombia.

Antes de parar del todo ya habíamos visto a cuatro seguratas esperando a que se abriesen las puertas. Por fin. Los italianos no han tenido otra idea más absurda que la de tomar a la alemana como rehén, arrastrándola de los pelos. Los de seguridad han entrado con las porras y han pedido a todo el mundo que abandonase el vagón. Yo he seguido allí, de pie y con la cámara encendida. ¿Conocéis las pequeñas navajas multiusos? Pues resulta que la pelirroja ha sacado una del bolsillo de su pantalón ya abierta, y sin pensarlo se la ha clavado un par de veces alargando el brazo desde el suelo, a la altura de los genitales del más chulo de los bastardos. El resto de los milanistas se ha abalanzado sobre la chica con una lluvia de patadas y puñetazos salvajes mientras los de Securitas les golpeaban con las porras en las espaldas. Cuando han conseguido quitar a los chavales de encima de la muchacha el resultado era espeluznante.

Ella tenía la cara destrozada, pero de la boca le colgaba el brazo sanguinolento y aun caliente de uno de los italianos, que corría agarrándose el muñón para salir del vagón. Se ha hecho el silencio, la cara de los seguratas era un poema, pero los italianos de repente parecían haber visto a Lucifer. Ella seguía jadeando como una perra con su presa medio viva en la boca. He pensado en hacer fotos, pero ha sido un pensamiento momentaneo y desestimado. Se ha levantado y ha escupido el brazo contra el suelo. Se ha llevado las manos a la camiseta de München y como una superheroína se la ha destrozado desgarrándosela a la altura del externón mientras gritaba algo en un alemán digitalizado. No tenía tetas, sólo un par de bultos totalmente artificiales. Los seguratas han reculado para dejarla sola, como si fuese un monstruo. Han pedido refuerzos pisando una y otra vez el charco de sangre aun caliente. Reconozco que yo también me he acojonado cuando me ha mirado a los ojos, los suyos parecían metálicos.

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5 Respuestas a “Los violentos del fútbol.

  1. Cuando estuve en Perú, coincidí con una final de futbol. No me permitieron entrar, ni a mujeres ni a niños dijeron. No era un comportamiento machista, simplemente era precaución pues se celebraba en territorio “neutral” debido a que en el anterior partido hubo muertos y heridos.
    Si lo hubiera escrito entonces mucha gente hubiera alegado incultura y demás comentarios despectivos hacia aquel país. La verdad es que no estamos tan lejos.
    Salut

  2. La primera parte de la historia la he visto en color. Luego los colores se han desaturado hasta quedar un blanco y negro muy contrastado. Por último no podía ser mejor: sutilezas de un rojo vino que estaba deseando que apareciera a toda costa…
    Me ha encantado tzarowski 🙂

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