flores noctámbulas

Me costó años reponerme del trágico acontecimiento que sucedió aquella noche. Siempre fui un tipo sistemático, ordenado, fascinado por la tranquilidad y la seguridad que aporta la rutina. Así que como cada noche de lunes a jueves desde hacía seis años, a excepción de los periodos de vacaciones y cuando alguna enfermedad me lo impuso, encendí la radio cuando quedaban pocos minutos para las tres de la madrugada.

Los inconfundibles pitidos que acompañan una nueva hora en punto me indicaban que tenía que tener todo listo para afrontar la hora de duración del programa sin levantarme de la butaca: Whisky, hielos, tabaco, hojas en blanco, un bolígrafo de tinta azul y el teléfono a mano.

La sintonía del programa me hizo excitarme, clavar las uñas en los brazos del butacón, como a un jodido perro de Paulov. Conocía esa sensación, pero no por ello dejaba de incomodarme sentirme tan vulnerable a mis emociones, tan animal.

El locutor saludó, como siempre. Pero en seguida la ausencia inmediata de música, ese detalle imperceptible a oídos de un novato, me inquietó.

-Queridos amigos. Hoy va a ser una noche especial. Si os quedáis hasta el final os prometo que la recordaréis el resto de vuestras vidas.

Mi falta absoluta de memoria visual la he tenido que soportar a lo largo de mi vida con una prodigiosa memoria auditiva. Las relaciones son muy difíciles, imposibles en algunos casos, cuando no eres capaz ni siquiera de recordar tu propia cara, cuando te redescubres cada mañana frente al espejo, cuando caminas y sólo ves desconocidos, cuando tu madre no es tu madre hasta que no se desvela con su voz.

-¡Manu! ¿Se puede saber a donde vas?
-Pues a casa. Pero me he encontrado con fulano y ya no sé si estoy en nuestra calle o todavía no.

En estas condiciones, os advierto, para mi era una utopía ligar. Pero descubrí la radio.

La radio es un mundo de sonidos donde la gente no tiene color de ojos, ni dedos en las manos ni codos en los brazos. Las personas en la radio son gente con voz y orejas, lo suficiente para mi.

Durante aquellos seis años que estuve escuchando el programa llamé en numerosas ocasiones. La primera vez que lo hice apenas había escuchado el programa durante una semana, pero lo recuerdo bien; Sonaron tres tonos y una dulcísima voz me saludó al otro lado de la línea.

-Buenas noches, soy Carla, estás llamando a Flores Noctámbulas. ¿Qué nos quieres contar?
¡Qué tonto fui! ¡Qué ingenuo al pensar que las llamadas pasaban directamente a sonar en antena!
-Ehh… Llamo para dar ánimos a esa chica a la que le ha dejado el novio…

Desde entonces, y fui llamando cada vez más a menudo, las llamadas tenían como excusa a veces dar consejo, algunas pocas pedirlo, la mayoría por aburrimiento. Pero si yo llamaba era, principalmente, para hablar con Carla.

Nuestras conversaciones fueron al principio pura formalidad, entretenimiento hasta que la llamada en antena concluía y llegaba mi momento. Pero mi insistencia provocó su acercamiento. Cada vez me contaba un poco más de ella, al punto de convertirnos en confidentes.

Me enamoré de ella. Sin miramientos. De su amabilidad, de su memoria, de su saber escuchar. Yo fantaseaba con encontrarla en el metro y reconocerla por su voz, y que no se enfadase por ello. Aún sonrío pensándolo. ¡Fue hace tanto tiempo!

Pero la última vez que la escuché no me cogió el teléfono. Fue raro pero no preocupante. Lo hizo sólo dos o tres veces, aunque una ya me parecía demasiado, los días que tenían un número inabarcable de oyentes deseosos por entrar en antena.

Habían pasado cuarenta minutos desde las tres, algunos sorbos de alcohol y un cigarro cuando se desataron los acontecimientos.

-Hola amiga, ¿qué deseas contarnos? -Dijo el locutor con un soniquete mecánico, mil veces repetido y, sin saberlo, por última vez en su vida.
-Soy Carla, tu ayudante y técnico de sonido.
-¡Menuda sorpresa Carla! -después de dejarnos escuchar una risa desconcertada y nerviosa prosiguió- ¿Qué deseas contarnos?

La respuesta fueron los sollozos de mi niña. Se me puso la piel de gallina, un nudo en el estómago y la boca seca.

-¿Carla? ¡Dime! ¿Qué pasa? -El locutor estaba tan desconcertado como yo.

Carla se sonó la nariz y, con una voz llena de rabia e impotencia, se liberó a medida que liberó aquellas palabras de su boca.

-¿Que qué pasa? Que eres un hijo de puta. Que no sólo llevo escuchando los lloriqueos y las desgracias de un puñado de insomnes durante más de diez años sino que, encima, me haces esto…
-Carla, no son formas… Queridos oyentes les tengo que pedir disculpas por los probl

Carla cortó la entrada de sonido del micrófono del estudio.

-¡Ahora te callas! -Impuso ella.

Si mis celos por aquel tipo que podía disfrutar no sólo del recuerdo de su voz, sino también de la memoria de su tacto o de su olor, hasta entonces los había considerado infundados, pasaron a ser una fuente de odio inagotable.

-Ahora les voy a contar a tus que-ri-dos -palabra que pronunció con especial recochineo- oyentes lo mucho que te ries de ellos cuando volvemos a casa.

Sus llantos se fueron apagando y sus palabras iban ganando sonoridad y aplomo. Me quise servir otra copa, pero el temblor nervioso de mi mano me impidió hacerlo.

-Ahora les voy a contar lo celoso e imbécil que eres. El olor a ron y a puta que traes los fines de semana a la cama. Y como tu sexo me despierta de una pesadilla en sueños para sumergirme en otra despierta. Y como te suplico que pares, y como me tapas la boca con tus sucias y asquerosas manos.

Me sentí mareado. Quise llevarme un hielo a la boca pero al mirar hacia abajo tuve ganas de vomitar. Desde entonces el olor del whisky sólo me provoca nauseas.

Supe que había abierto el micrófono del bastardo porque de repente me llegaron los ruidos de su respiración.

-Carla… Ya te pedí disculpas.
-Todo lo quieres arreglar siempre con disculpas. Como si eso pudiese borrar todo el daño que me has hecho.

Mi excitación era tal que tuve un ataque de ansiedad. No puede levantarme a por el Diazepam. No puede evitar romper el vaso que tenía entre las manos. Escuché el crujir del cristal y algunos trozos cayendo al suelo. No sentí el dolor a pesar de ver mi sangre corriendo entre mis dedos.

-Carla… Precisamente te he traído este anillo. Quiero pedirte matrimonio en antena, quiero que sepas que… ¡Qué haces! ¡Qué coño haces! -El tipo entró en pánico- ¡Seguridad! ¡Seguridad!
-Tranquilo. El estudio se cierra desde dentro, para que nadie joda las grabaciones. Deberías saberlo.
-¡Por favor, que venga alguien!
-¡Como no te calles te vuelo la cabeza!
-Por favor, tranq

Aquella sucesión de sonidos pudo durar dos segundos, pero la recuerdo eterna; Carla le cortó la voz pero no apagó su micrófono. Sonó un disparo atronador y seco. Un grito ahogado en una tráquea encharcada de sangre. El ruido de un cuerpo cayendo a plomo al suelo.

Después de unos segundos la voz de mi guerrera retumbó en el salón.

-Queridos oyentes, esto ha sido todo. Descansen y tengan felices sueños.

Y sonó otro disparo atronador y seco. Su grito ahogado  en su tráquea encharcada de sangre. El ruido de su cuerpo cayendo a plomo al suelo.

Y entonces, implacable, el desmemoriado, el atemporal. El silencio.

 
 
 
 

Me abrumó el silencio.

 
 
 
 

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2 Respuestas a “flores noctámbulas

  1. Creo que un dia comente algo de envidia, pues que sepas que si, tengo envidia de alguien que escribe estos textos, que me mantienen pegada a la pantalla hasta ver con rabia que la barrita lateral ya llega al final y me gustaria seguir leyendo aunque ya se ha acabado y el silencio envuelve todo el monitor.
    Salut

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