El viaje a ninguna parte

Manchó su falda, blanca, de mermelada de arándanos. No era la mejor manera de comenzar el día, pero peor hubiese sido no disfrutar de que un extraño te hiciese el desayuno.

Pagó la cuenta del desayuno y de la cama. Sintió que había pagado inútilmente por una cama doble. En fin… Caminó hasta la estación de trenes, ese lugar donde los sentimientos llegan y se marchan sobre raíles. Tomó asiento y las lágrimas mojaron su falda, pero no atenuaron la mancha dulzona del desayuno.

Un billete a cualquier destino es a menudo un billete a ningún destino. Sí, estaba dispuesta a viajar a ningún destino. Barcelona ciudad. Barcelona-Sants última parada. Final del viaje, principio del nuevo inicio. Un itinerario repetido hasta la monotonía, sin posibilidad para el asombro. Calatayud y Zaragoza antes de entrar en Cataluña, verde del color de los árboles y verde del color del mar que se te viene encima. El tren vuela pegado a la costa en Tarragona, flota en el agua, nada rompiendo las crestas de las olas. Mira sus pies y se imagina debajo de ellos una ventana de cristal en el suelo por la que poder ver el fondo submarino. Se imagina caballitos de mar, estrellas, pulpos, peces dorados y arrecifes de coral. El ensoñamiento como tregua de la realidad.

Sants le llena los oídos de gritos y bullicio y el pecho de asfixia y agobio. Siempre gente. Maletas como la suya, pero más feas. Las puertas automáticas se abren a su paso e inhala el aire mediterráneo casi con ansias. Taxis negros y amarillos, conversaciones nasales de un idioma regurgitado. La inmensidad otra vez. El llanto otra vez, la impotencia. Y la falda manchada de arándanos.

¿Adónde se camina cuando se dan pasos sin sentido? El desconcierto le hace detenerse. La reflexión como afrontamiento a la realidad. Da media vuelta y encara el tablón de llegadas y salidas, de sortides y arribades. Dirección Portbou. Frontera francesa, costa brava, olor a gambas a la plancha y vino blanco. Se mira a los pies de nuevo y esta vez se imagina andando descalza por la arena, con los pies congelados de frío, mojados con la espuma de la agonía de las olas que provocan una sopa ingente de marisco disecado y el pelo enmarañado por el viento de la tramontana. La gente se vuelve loca por el azote constante del ruido y el desasosiego de estas corrientes de aire, casi insoportables, que utilizan las faldas de las montañas pirenaicas como toboganes para llegar rápidos y fuertes a estrellarse en los catalanes que primero se encuentra. Los viajes a ninguna parte de Nietzsche y de José Sacristán terminaron en la locura, porque la locura fue para ellos punto de llegada, pero ahora para ella es punto de partida.

Compra un billete de ida a Figueras y un entrepan de jamón. Con tomate, por efecto, por defecto y por supuesto.

Atraviesa Gerona, otra vez en tren, en un vagón más viejo pero tan efectivo como el que hace unas horas le ha sacado de Madrid. Aterriza en el Alto Ampurdán y se da cuenta de que las calles siguen oliendo a charnego, pero que cada vez estos inmigrantes de hambre y bolsillos vacíos que sueñan con los puestos de trabajo de la industria catalana llegan desde más lejos.  Su paso por la ciudad es fugaz. En la estación de autobuses pide un ticket para Cadaqués, por favor. No olvide en su viaje pastillas contra el mareo.

Atardece y tiene ya los pies, descalzos, en la playa pedregosa del pueblo de cada vez menos pescadores y de casas pintadas de azul y blanco. El mismo Sol que alumbró su desayuno, tras recorrer todo el cielo y provocar todas las sombras del mundo, se esconde detrás de la iglesia marinera, entre montañas. Es tiempo de encontrar un sitio donde dormir. Pedirá cama individual y para cuando el Sol vuelva a renacer, le vuelva a renacer, un desayuno hecho por manos ajenas. Y reclamará, sin lágrimas pero con legañas, la necesidad de comenzar otro día con mérmelada de arándanos.

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Una respuesta a “El viaje a ninguna parte

  1. Tienes que subirlo al hotel 🙂

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