Memorias

Uno con la edad pierde costumbres y gana callos y recuerdos. La memoria no es buena consejera, siempre pierde la batalla frente al lápiz y al cuaderno.

Reviso mis notas de crío y las encuentro manchadas de chocolate y mortadela. Debe ser que el subidón de la merendola me hacía sentir descubridor, pirata o guerrero. Y allí quedaban, plasmados en papeles menos amarillentos, los sueños prematuros del hijo del aceitunero. Así pasaba, que mis hermanos llegaban a casa con las uñas negras de revolcarse en las eras y la boca amarga de comer olivas crudas, mientras mi piel apenas se ennegrecía y mis manos no conocían las astillas de los aperos.

Sólo la muerte de mi tío y el enrolarme a las  milicias me hicieron abandonar el pueblo. La primera vez de luto, en silencio. La segunda vez de uniforme, en silencio. Siempre se echa de menos a la gente que se quiere en los viajes y en los entierros.

En el cuartel, rodeado de tipos de mil modelos, me gané algunos duros, y no se si algo de respeto, leyendo y escribiendo correspondencias ajenas. Alguno no me pagaba en moneda, así que aprendí a saborear el tabaco y el anís. Nunca puse malas caras si alguno no pagaba la deuda, ni un grito ni un mal gesto. Me bastaba informar al resto de que había olvidado las letras hasta que fulanito no saldase el compromiso. El siguiente soldado que requería mi ayuda se encargaba de poner las cosas en su sitio. Me atrevo a decir que llegué de vuelta a la casa con los nudillos vírgenes, tal y como salieron.

Mi madre, la madre (porque parece que las del resto sean personas relativas, sujetas a un sujeto del que dependen y sin el que no son nada, mientras que la madre de uno parece un ser superior que vigila y controla, que provoca cambios sin movimiento, que es capaz de acelerar y frenar el tiempo), me tuvo preparado a mi regreso una ristra de chorizos picantes, mis preferidos, algunos libros que había comprado con mucho cariño, y sin ningún acierto, y una novia que si bien era agraciada en lo físico me parecía, cuando menos, ingenua y sin ningún interés por nada. Aún así, me divertía que mi madre, que aún me creía sin experiencia con las mujeres, intentase mediar en un asunto tan inmediato y personal como el enamoramiento. Trataba con absurdas tretas de que marchase a solas con la chica en el paseo. Yo accedía, por no hacer un feo y porque no estaba bien visto que alguien que se afeitaba tomase chocolate y mortadela en la merienda.

Normalmente íbamos hasta el silo y vuelta. Su timidez se compenetraba muy bien con mis silencios. El crepitar de nuestras pisadas y los chillidos de los vencejos al caer la tarde ponían la música al paseo. El rojo del cielo manchego infernaba el horizonte. Si abríamos la boca era para hablar de chismorreos o de alguna anécdota de mis años de uniforme, de esas que ganan con el paso del tiempo cuerpo, estructura y adeptos. Nunca nos mirábamos a los ojos, es lo que tienen los caminos compartidos. Fuera como fuese me enamoré de la muchacha. Me dejé enamorar como me dejaba llevar de paseo.

Enseguida se preparó la boda, mi puesto de trabajo y nuestra casa. Me había tocado ser, por yerno, ayudante lo primero, encargado lo segundo y finalmente el dueño de la forja de hierro. Y allí me pasé la vida, entre puertas, barandas  y aparejos. Tuve que tachar la pata de palo, el parche y el loro de la lista de objetos imprescindibles para cumplir mis sueños. A cambio tuve que mantener a cinco hijos que de lo alocados y enérgicos que salieron parecían haber sido comprados en el mercado y no ser fruto de dos seres tan lánguidos como sus padres. Al menos todos tenían algo de mi en sus cuerpos, lo que calmaba mis pesadillas sintiéndome víctima de adulterio.

Ahora que ya tengo nietos parece que pierdo el aliento. Tengo unas piernas débiles y lentas, pero también unas ganas de no seguir decreciendo que minan mi moral desbordando mi cuerpo. Sucumbo ante mis incapacidades, advierto mi final tal y como antes advertía el final del invierno. Siempre la curiosidad y el miedo.¿Qué pasará en primavera? ¿Qué pasará mañana si no despierto? En todas las primaveras hay flores, enamorados y muertos.

Aquí lo dejo escrito, por si mañana no vengo, para que cualquiera haga suyos mis recuerdos.

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