Una del oeste

Se sacudió las migas de encima aún sentada, antes de reclamar el segundo plato.
– ¿Y los garbanzos? ¿Donde están los garbanzos?
Su esposo dejó su sopa a medias en el plato y mientras todavía tragaba el líquido ya frio se levantó a por los malditos garbanzos.
No daban nada intereante por televisión, pero ella la miraba absorta.
Los garbanzos en la mesa.
– Están duros. Increpó ella.
– Lo siento. Ya llevaban dos horas cociendo.
– Pues a la próxima tres. Traeme el aceite.
El aceite en la mesa.

Ese esclavismo insolente le amargaba la existencia. Su compañera no era, ó eso decía, ni sexista ni autoritariani mucho menos cascarrabias. De puertas para afuera era todo comprensión y buenas maneras. Hace tiempo abandonó el gusto por la lectura, por el cine, por el sexo…
Las lecturas, la guía de televisión.
El cine, una del oeste sin terminar.
El sexo, con olor a whisky.

Se deshizo de ella tan pacientemente como pudo. ¿Qué más da que los garbanzos estuviesen duros si los había aliñado con cianuro?

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6 Respuestas a “Una del oeste

  1. no sería mejor partirla en dos ?

  2. 🙂 Me encantan sus textos señoritx

  3. Odio el whisky, pero adoro el sexo…

    Tengo que elegir?

    Matrimonio = el cianuro de cada día

  4. livia

    madrecita…

    se me amontonan tus textos en la mesilla,asi que poquito a poco descubro perlas como esta.
    pesimismo de mi estilo!
    “un muerto encierras”

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