A primeros de mes

Al otro lado de los túneles de final de la línea 10 hay contenedores de metal de cinco metros de alto y unos diez metros cuadrados de superficie sumergidos en la total oscuridad que ofrecen las profundidades de Madrid. Sólo algunos sabemos su ubicación exacta, hay que llegar atravesando mil seiscientos metros hacia el este andando desde la parada de Fuencarral, parada final de la línea. Todos los datos referentes a estos contenedores y como llegar a ellos están escritos en un folio cuartilla entre las páginas 32 y 33 de los archivos generales de Metro de Madrid de  1968. Escogimos el año al azar.

 El primer domingo de cada mes esperamos en los túneles la llegada del primer convoy procedente de Puerta del Sur que atraviesa Plaza de España, Tribunal y que a su vez recoge a muchos viajeros de Moncloa, conocida zona de bares madrileña. Solemos encender algún pitillo, encender las linternas para chequear que todo va bien ,vestirnos con los monos negros que tiñó en su momento Pedro y por supuesto ponernos las máscaras para soportar el hedor. La semana pasada, el domingo 2, me estaba poniendo las botas cuando vimos al tren entrar en la estación y apagar las luces delanteras, a pesar de dejar las interiores encendidas por unos instantes. Las puertas siguen cerradas y el primer vagón se acerca a un palmo de nosotros hasta detenerse del todo. La cuadrilla ya toma posiciones, cuatro en cada vagón con las linternas apuntando al suelo. Solemos hacer el cálculo rápido de dos por persona, normalmente salen las cuentas. A Jaime le gustan especialmente los chavales que calzan deportivas blancas, no me preguntéis porqué, será algún rollo fetichista, yo que sé.

 El procedimiento es sencillo. El maquinista de las seis que sale de Puerta del Sur hace su recorrido habitual. En Fuencarral los que no se hayan bajado no lo harán jamás. Son borrachos que se duermen y se pasan de estación, y pasan otra y otra y otra… hasta que el primer vagón entra en el túnel y se detiene antes de dar marcha atrás para llegar a la estación cochera, limpiarlo entero y hacer el cambio de dirección y conductor.

 Hoy ha sido sencillo, una pareja de borrachos. Para colmo el chaval con los pantalones vomitados y la chica enseñando más de lo que sus padres soportarían. Ha sido divertido.

 Sus caras y gritos son inexplicables. Un par de golpecitos en la cara para despertar como si su mamá les fuese a preparar el desayuno y sus chillidos despiertan al resto del tren, y los ojos se les salen cuando sienten las luces en sus caras y no ven nada. A algunos de mis compañeros les gustan que les vean, dicen que la cara de terror de “los sapos”, como llamamos en clave a los viajeros de nuestro tren, es mucho más complaciente para ellos cuando sienten que cuatro encapuchados vestidos de negro, con gafas de obra oscuras y máscaras de gas se acercan con linternas y les golpean mientras se ríen. Yo nunca les violo, no me da por ahí, pero les trato mal. Les trato como nunca haría con un conocido, siempre me río de ellos. Les pregunto cosas absurdas, les pregunto la hora ó por la Gran Vía mientras desenfundo el garfio de carnicero, y ellos ya lo ven venir…

 Me jode que caiga sangre en los asientos. Cuando soy viajero del metro de la línea  10 siempre me obsesiono pensando que cualquier mancha es un resto de sangre ó semen. Por eso cuando siento que están derrotados psicológicamente y ya no pueden aguantar más la tortura les saco del vagón a empujones y caen de bruces al túnel. Intentar escapar es absurdo porque a cada uno de los extremos tenemos compañeros dándonos el soporte necesario con contundentes armas, nunca de fuego. Nunca se escapó ninguno, si alguna vez lo consiguiesen se acabaría nuestra juerga mensual, y ya llevamos más de dos años así.

 La primera vez que bajé todo era más sencillo. Carmen me acercó a la cuadrilla. Por aquel entonces era la única mujer y aunque aún son minoría creo que ya son tres ó cuatro, me dijo que me quería enseñar algo interesante y me citó el primer domingo del mes de Abril de hace un par de años. Fui un ingenuo, lo reconozco, estuve esperando toda la noche ansioso y antes de salir de casa me duché, me afeité y guardé un par de condones en la cartera. Ella nunca tuvo pretensiones sexuales. Desconozco si tiene contactos forzados con los sapos ó  consentidos con alguien de la cuadrilla.

 Por aquel entonces la cuadrilla no llegaba a la decena y hacían el recorrido desde la parte delantera a la trasera del convoy a oscuras, e iban sacando uno a uno a los viajeros para evitar escapadas ó similares. Lógicamente los viajeros se intentaban hacer fuertes en la parte trasera, pero de nada servía. Los cristales del metro son tan duros que nunca vi romper uno, pero si muchos nudillos destrozados al intentarlo.

 El momento más duro fue cuando ya estaba todo más ó menos organizado, hará unos meses, seis tal vez. Si, había pasado ya el verano porque fue después de mi último viaje a Barcelona. El Chepi descubrió a una vecina amiga de sus hijas acurrucada en un rincón, meada encima, acojonada y casi sin poder respirar. El tipo se paralizó, la reconoció al instante y se quedó petrificado. Antes de que se quisiese dar cuenta,  la nueva taladradora sin cables de oferta del Carrefour hacía añicos las rodillas de la chica. El Chepi se marchó y nunca más se supo de él. El siguiente mes solo bajamos yo y Carmen, haciendo de parejita de enamorados aventureros que se perdía por un túnel fantasma en busca de emociones fuertes. La policia no apareció. Dicen que el Chepi se suicidió antes de contar nada. Muchos de los que aún bajan con nosotros ni siquiera conocen esta historia. El secretismo es parte fundamental, casi todos jugamos con nombres falsos y apenas conocemos detalles los unos de los otros.

 Saqué a la de la minifalda directamente del vagón. Tuve que amenazar al chaval con el gancho. La tiré directamente al container. Seguro que se rompió algún tobillo al caer encima de otro cuerpo, muerto ó vivo. Se puso a gritar como una cerda cuando se pudo recomponer de la caída, pero es imposible salir del container si no es con la ayuda de alguien de fuera. 

 El chico no se a qué coño jugaba. A ser héroe ó algo por el estilo. Le clavé el gancho en el gemelo con un movimiento circular certero. Se arrodilló y recibió su última patada en la cabeza, un puntapié en la sien y directo al container.

 Fue en este momento cuando me arrepentí de haber tirado a la chica. Se acurrucó en un rincón  y el gancho no llegaba ni por asomo allí. Esperé paciente. La norma decía que cuando cada uno hubiese terminado su trabajo iría al punto acordado para dar por finalizada la jornada. El Chino llegó subiéndose la cremallera del pantalón. Era el último.

 Mi chica aún sollozaba dentro del container. Abrí el cerrojo de la puerta y la niñata se calló. La busqué con la linterna, la encontré como haciéndose la muerta encima de los demás. Me hice el despistado, la volteé y me miró a los ojos sollozando aterrorizada. La arranqué la traquea con el gancho y salí para reunirme con los demás.

 La verdad es que no se que es lo que pasa con los cuerpos entre semana. No sé si se los comen los cerdos, si los pasan por la mini-pimer antes de lanzarlos por el desagüe ó si las ratas del metro se encargan de ellos. Ni lo sé ni me importa.

 Me cambié, me lavé las manos y la cara. Dejé el gancho reluciente para el mes que viene y salí a la calle con Carmen.

          Póngame ocho porras y otros tantos churros. Y un bidón pequeño de chocolate.

 
Los niños ya estaban en el salón viendo los dibujos y Mari me dio los buenos días al entrar por la puerta.

         Eres un encanto mi vida. Churros y porras calientes.

        –         Como cada primer domingo de mes.

Y me besó en los labios que aún sabían a final de línea 10.

  

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8 Respuestas a “A primeros de mes

  1. ultraviolencia..

    en realidad solo me gusta cuando se trata de leerla

  2. Da escalofríos…

    Siempre he querido ver una estación fantasma de esas…

  3. uhmm…

    te añado si no te importa

  4. YO TAMBIEN TE AÑADO.TE IMPORTE O NO. :-***********

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